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| El lanzado y el
clavado. |
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El lanzado del aparejo
mediante la caña es un ejercicio de apariencia fácil, pero
que requiere de cierta práctica. En algunos tipos de
pesca, como la que se lleva a cabo con mosca y cola de
rata, es esencial dominar el lanzado con suma precisión,
pero incluso en los considerados más sencillos, como la
pesca a fondo de lanzado simple, saber lanzar el aparejo
donde queremos y como queremos hacerlo, necesita práctica
para ejecutarlo correctamente.
Para lanzar dejaremos que el aparejo cuelgue hasta la
mitad de la longitud de la caña, más o menos,
sujetaremos la línea con la yema del dedo índice –en
caso de ser diestros- de la mano derecha y abriremos el
carrete. Después, nos inclinaremos hacia atrás y,
tomando impulso y con la caña levantada, con un
movimiento seco y rápido –algo parecido a un latigazo-,
lanzaremos el aparejo por encima de nuestra cabeza,
apartando entonces el dedo que retenía la línea, para
que ésta pueda salir libremente del carrete .

Siendo el autor niño, gran aficionado
pero poco ducho en el manejo de la caña, solía frecuentar
un espigón costero situado a pocos metros de su casa y,
por lo general, repleto de pescadores, de embarcaciones,
de gente bañándose, de perros olfateando la carnada,
curiosos interesados en si picaba mucho o poco, etc. Pues
bien, el chaval hacía sobresalir la puntera de su caña
entre toda esta turba que se arremolinaba a su alrededor,
con intención de lanzar el aparejo a un punto de la
superficie donde no hubiese gente nadando, ni la boya de
otro pescador, ni una embarcación amarrada, ni ningún otro
elemento ajeno al propio agua, adonde iba destinado su
aparejo. Además, al lanzar, debía también sortear otros
obstáculos terrestres, como los susodichos curiosos, los
perros olisqueantes, etc. que le cercaban por todos lados.
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El resultado, en caso de
no enganchar a un perro, a otra caña o a un paseante,
solía ser desastroso, pues raramente su aparejo llegaba
al tan ansiado océano –que mira que es grande- sin
trabarse en su trayectoria con otros sedales o con las
amarras de una embarcación. Sobra decir que los
insultos, los juramentos -más o menos en voz alta según
la educación y la crispación de sus vecinos de pesca-, y
demás improperios que llegaban a sus oídos, pudieran
haber herido su sensibilidad y haberle hecho desistir,
(quizás es lo que pretendían sus vecinos de pesca) pero
nada más lejos de la realidad.
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Una vez encallecido a fuerza
de muchas horas lanzando y recogiendo, y con todo el
santoral aprendido en sus infantiles horas de pesca, el
autor llegó a dominar la técnica de lanzar su aparejo al
punto exacto donde quería y a manejar la caña de forma que
el sedal no se enredase con nada, ni terrestre ni
acuático, por muchas dificultades en forma de objetos
indeseados que se agolpasen a su alrededor.
Esto, que sucede en los muy
poblados puertos, paseos marítimos, espigones y otros
puntos donde concurre gran cantidad de pescadores de agua
salada, es válido igualmente en las pesqueras de lagos y
ríos, y en los cauces de ríos menores y arroyos
flanqueados por una densa floresta, donde las ramas de los
árboles, pueden “depredar” sobre el sedal del pescador
ribereño.
Se debe prestar
especial atención al lance en lugares peligrosos como el
que muestra la foto. |
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Por tanto, si usted quiere
evitar estos contratiempos con el lanzado y no pretende
que su sensibilidad se vea herida con los juramentos de
otros individuos que pescan junto a usted cuando enrede
con el suyo su aparejo, le recomendamos que ensaye en
seco; es decir, en el jardín de su casa, en un prado de su
pueblo, en la Casa de Campo de Madrid o en cualquier lugar
lo bastante grande y despejado como para que usted pueda
practicar sin riesgos el lanzado.
Como ejercicio, márquese un
punto, cada vez menor o más distante, donde quiera lanzar
el aparejo (puesto que no va a pescar puede prescindir del
anzuelo) y vaya alternando los plomos, haga el aparejo más
ligero o pesado, pruebe a lanzar en corto tratando de
sortear objetos cercanos a su espalda etc.
Este cómodo ejercicio le
ahorrará muchos sinsabores cuando llegue el momento de la
verdad y se estrene en el agua, y así podrá incrementar
sus capturas, pues dirigirá el aparejo donde usted estime
más conveniente y podrá rastrear todas las zonas
interesantes.
Además, la práctica del
lanzado le llevará a ejecutar no sólo lanzados precisos,
sino suaves, es decir, que su aparejo llegue al agua de la
forma menos violenta posible, y no como un cañonazo
estallando contra la superficie, cosa que incomoda, asusta
y espanta a la pesca. |
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Respecto al clavado, el pez pica y a veces se clava
solo. Existen especies –como la anguila, por ejemplo- que
tragan con voracidad la carnada y consiguen que el anzuelo
vaya a ubicarse en lo más profundo de sus vísceras (lo
cual suele ser un incordio); otras especies –como el
cabracho de roca- pueden comer el cebo y escupir
tranquilamente el anzuelo si no lo hemos clavado tan
pronto como detectamos su picada. En general, podemos
decir que cada pez se comporta de un modo diferente en
este sentido e incluso peces de la misma especie,
dependiendo de un sin fin de factores, requerirán ser
clavados o no, con un tirón decidido o con un suave
movimiento.
También
es importante el tipo de cebo que estemos utilizando y
cómo se monten los anzuelos. Por ejemplo, no es lo mismo
pescar con cebo artificial, que tan pronto el pez lo tenga
en la boca se dará cuenta del engaño, que recubrir el
anzuelo con una gruesa y sabrosa carnada, que hará que el
pez ingiera el bocado con más confianza. Y aun dentro de
los cebos artificiales, encontraremos grandes diferencias
en cuanto al clavado, por el modo y número de anzuelos y
por la forma en que presentemos el cebo.
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Por
ejemplo, pescando salmónidos a mosca, con un diminuto
anzuelo camuflado bajo la apariencia de un mosquito, habrá
que clavar tan pronto pique, porque el pez, a menudo, no
se clavará solo. Sin embargo, pescando a cacea con un pez
artificial armado de ancoritas o anzuelos de tres puntas o
con una cucharilla, el pez generalmente se clavará solo.
Cuando pescamos a boya en la rompiente entre las rocas,
engañando sargos y lubinetas con un pequeño anzuelo
cebado con una quisquilla, deberemos estar atentos a los
movimientos del flotador y tener la muñeca ágil y
precisa para clavar al primer toque. Por el contrario,
pescando carpas en el fondo de un lago, deberemos dejar
que pruebe el cebo, lo saboree, y clavar únicamente
cuando notamos que ya lo está devorando con
tranquilidad.
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