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| El cebado. |
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El cebado es, en nuestra
humilde opinión, la parte más desconocida, algo así como
la asignatura pendiente -y nunca aprobada- de todo
pescador. En efecto, las dificultades a la hora de escoger
entre los innumerables cebos nos llevan a dudar y a
decantarnos por uno que puede no ser el más indicado.
No
debemos olvidar que no existe el cebo perfecto para una
especie determinada, sino que el momento, la luz, la
trasparencia o temperatura del agua, o cualquiera de las
múltiples circunstancias influyentes, condicionan la
elección del cebo óptimo, aquél que será atacado por el
pez.
De la complejidad de la
elección se desprende la dificultad que entraña, incluso
para el más experimentado pescador, elegir correctamente,
y que sólo en ocasiones acierte, en general habiendo
probado antes diferentes opciones. Entenderán entonces por
qué muchos aficionados van a pescar provistos de diversos
cebos, aunque conozcan al dedillo la zona a batir y la
especie que buscan. En éste, como en muchos otros, aparece
el aspecto lúdico y fortuito de la pesca, y siempre es más
conveniente jugar con varias cartas que apostar únicamente
con una, jugándoselo todo, por ejemplo, a lombrices.
Los cebos se dividen en dos
tipos, a saber: naturales y artificiales.
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Naturales. |
Los naturales, como su nombre indica, son los que, en
mayor o menor medida, modificados o no, proceden del
medio.
El pez come lo que come.
Parece una chorrada, -ustedes dirán, claro, qué chorrada-,
pero a menudo se nos olvida y tratamos de que el pez
muerda un bocado que a nosotros se nos antoja suculento, o
que nosotros, unilateralmente, decidimos que a él le
resultará delicioso.
Ejemplo:
si la superficie se halla cubierta de repugnantes bichos
peludos con aspecto inquietante y desde luego desagradable
según nuestro criterio, es posible que nos resistamos a
atrapar uno de ellos y ensartarlo en el anzuelo, y
prefiramos, por contra, una de las magníficas lombrices
traídas de un lugar exótico y que nos han costado cuarenta
duros la docena en la tienda de ese señor "que lo sabe
todo de pesca y que con tanto entusiasmo nos ha
aconsejado".
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Anzuelando un cangrejo.
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La quisquilla, un cebo
clásico.
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Lo más probable es que el
pez desdeñe la lombriz, pues se está alimentando con
glotonería (tal y como se alimentan los peces siempre
que pueden) de los bichos repugnantes que invaden
la superficie.
En cierta ocasión, un
amigo y reputado depredador fluvial me contó cómo logró
atrapar esa trucha enorme e inatrapable con una cereza.
Ante mi asombro, me explicó que lo había intentado con
todo, desde la mosca al pez vivo, y que, una tarde,
mientras recogía disponiéndose a abandonar con la cesta
vacía, se fijó en un par de cerezos que se columpiaban
sobre la poza donde presuntamente se escondía el
salmónido y vertían en ella alguno de sus frutos, que no
volvían a aparecer tras una primera inmersión en el
agua. Probó entonces a poner una cereza en el anzuelo y
arrojarla de la forma más natural, como caída del árbol
y, tras tocar la superficie, el pez mordió y llegó el
milagro: se hizo la luz de la captura tanto tiempo
anhelada.
Ignoro si este relato será
del todo verdadero (mi amigo es un gran pescador pero
también un afamado mentiroso). Lo que sí puedo asegurar
es que al pez hay que ofrecerle -siempre que se tenga
oportunidad de hacerlo- aquello que está acostumbrado a
comer y de la forma en que está acostumbrado a hacerlo.
Todos los pescadores hemos
oído y narrado anécdotas semejantes, verdaderas o falsas
según cada cual, pero siempre esclarecedoras en este
sentido.
Abundando un poco más,
diré que siempre me ha parecido un error macizar con un
producto y luego encarnar el anzuelo con otro distinto,
es decir, que si cebamos el agua, por ejemplo con
despojos de anchoa triturados y los peces lo comen,
poner en el anzuelo una quisquilla me parece
desaconsejable. No digo que dé por fuerza malos
resultados, ni que la quisquilla sea un mal cebo -todo
lo contrario- pero siempre que sea posible, sería mejor
encarnar con esos mismos pedacitos de anchoa que los
peces están devorando con total confianza. El pez no
recelará y facilitará nuestra tarea si previamente se ha
alimentado y hemos vencido así su resistencia inicial a
probar nuestra golosina.

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Tampoco hay que olvidar que
cada pez siente especial predilección por un tipo de
comida en según qué lugares u horarios y, por tanto, las
especies más representativas o interesantes para la pesca
deportiva serán tratadas de manera individual en próximos
capítulos con sus correspondientes cebos, pero, hasta
entonces, vaya un último consejo aplicable para todos los
peces: debemos ofrecer al pez lo que mayor parecido
guarde con su alimentación habitual, siempre y cuando su
presencia en el anzuelo no desentone demasiado con la
forma en la que el pez suele encontrarlo.
Ejemplo:
Observamos una lisa o mugil comiendo en el fondo; sabemos
que se está alimentando de pequeñas algas y
microorganismos adheridos a las rocas que chupa sin
descanso. Nos será prácticamente imposible capturarla si
le ofrecemos dicho alimento soportado por un anzuelo a
media agua, en caso que podamos, ya que el pez lo
encontraría antinatural. Es pues, mejor, quizás, un simple
trozo de pan flotando en la superficie y que sirve de
escondite al pérfido acero de nuestro anzuelo.
En principio, usted podrá
pensar que estoy cayendo en una contradicción al aconsejar
los cebos naturales que mayor relación puedan guardar con
la alimentación habitual de los peces, y acto seguido,
aconsejar un trozo de pan, si el alimento natural nos
resultara imposible de colocar en el anzuelo o su
exposición al ataque del pez careciese de la naturalidad
suficiente para que éste pueda ser engañado.
Bien, le doy la razón, me
contradigo, pero conscientemente, y es que, ésta, es una
de las reglas sagradas de la pesca: no existen patrones
fijos, ni fórmulas infalibles, ni nada que ofrezca un
resultado invariable en cualquier circunstancia.
Es muy posible que, de
pararnos a analizar por qué a muchos y muy distintos tipos
de peces les agrada el pan nuestro de cada día, llegásemos
a conclusiones que no repugnarían a la razón, pero este
cometido se halla fuera de las pretensiones de esta
humilde obra; empero, debo indicar que, aquí precisamente,
radica otra de las reglas de oro: en la pesca, en el
comportamiento de los peces, en la forma en que se
desarrolla una captura, poco obedece al azar, aunque, a
veces, las mencionadas capturas gusten componerse con
dicho disfraz, y caigamos en la trampa de achacar a la
suerte lo que es un logro de nuestra inteligencia y
conocimiento.
Anzuelando una gusana.
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